Hace años, cuando uno de mis hijos hacia sus primeros escarceos de su vida profesional, su aguda percepción de la realidad que vivía la Argentina en general y Tucumán en particular, con ausencia de signos esperanzadores hacia un cambio, especialmente en su gente y clase política, su naciente decepción se tradujo en una frase que hasta hoy recuerdo: “los argentinos parece que estamos condenados a cocinarnos en nuestra propia salsa”.
Hoy, finalizando el lluvioso verano 2017 y comenzando el seco otoño-invierno tucumano, no puedo menos que sentir la plena vigencia de aquella triste figura retórica.
Terminamos un verano con mucha lluvia, pero para nada extraordinaria. Simplemente un verano típico con sus lluvias y tormentas intensas. El detalle es que las mismas lluvias provocan hoy más inundaciones y daños a la población y a la infraestructura que en el pasado. ¿Por qué? Por el simple hecho de que la población creció, desmontó bosques, pavimentó calles, no se construyeron obras necesarias o las que se construyeron fueron pésimamente diseñadas o construidas, se invadieron con urbanizaciones zonas peligrosas y el Estado nunca dio importancia a los problemas que fueron surgiendo por acumulación de todas aquellas situaciones. La población tampoco lo requería y los sectores empresariales y productivos nunca ejercieron un rol propositivo. El Estado “bobo” era mejor que uno inteligente. Fue un Tucumán creciendo en forma caótica y sin capacidad de prevenir los problemas que sobrevendrían.
Pareceres: están leyendo mal los números de la economíaAnte las graves inundaciones ocurridas en este verano, las voces claman al cielo (al cielo del poder gobernante) por soluciones, suponiendo que ellas surgen por arte de magia y en corto tiempo (“esperamos soluciones para todo para el próximo verano”). Obviamente hay miles de situaciones de inundaciones localizadas y los pobladores de cada una de ella esperan soluciones para “sus” problemas. Así se acumulan de a miles que el Estado debería solucionar. ¿A cuáles se prioriza? Se acumularon tantos en cuatro décadas de no hacer nada, que hoy el gobernante enloquece sin saber a cuál atender primero. Finalmente se piensa que “todo pasará y olvidará cuando pasen las lluvias y venga el invierno”.
Y cuando la temporada seca llegue, pasaremos al problema opuesto: la escasez de agua, las sequías. Muchos grifos se secarán, ingenios azucareros acapararán agua en desmedro de los agricultores y la devolverán contaminada a los ríos que se transformarán en cloacas (con la ayuda de los efluentes de las ciudades).
Tantos años de un Tucumán creciendo, con cuatro universidades forjando intelectualidad, instituciones culturales señeras y no logró conformar una sociedad organizada, mínimamente racional y emprendedora, capaz de prever y prevenir sus dolores de crecimiento!!!. En efecto, desde hace décadas nos venimos “cocinando lentamente en nuestra propia salsa”: compuesta por partes proporcionales de imprevisión –improvisación – desinterés – desvalorización - mezquindad – incompetencia dirigencial – burocracia seudolegalista… en fin, salsa merecedora del nombre de “salsa tucumana de la mediocridad”.
Hoy estamos en 2026 y todo sigue igual.